La participación 2.0 y la crisis de la representación

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En la antigüedad, la voluntad de la gente se trasladaba directamente al señor a través de personas que se elegían para, básicamente, ejercer el rol de mensajeras y mediadoras. Era el mandato imperativo. Este mandato históricamente ha contado con un problema de operatividad, pues ni con caballos ni señales de humo era viable trasladar continuamente órdenes concretas de abajo arriba. Así que mejor elegir a quien creemos que mejor va a representarnos durante unos años.

Esta representación supone que quien elegimos tiene que representar al conjunto del pueblo o nación, interpretar qué es lo mejor para este conjunto y tomar decisiones para el bien común, lo que exige una mirada que vaya más allá del aquí, del ahora y de las próximas elecciones. Es el mandato representativo. Y es una de las bases de la democracia occidental.

Sin embargo, en la práctica se acepta que, más que el bien común, los elegidos busquen el bien de sus electores, el cumplimiento de un programa y, ya en sede parlamentaria, se plieguen a la voluntad de su “jefe de filas”. Más que intérpretes, son correas de transmisión, con lo que de facto se ejerce algo que no debería: un mandato imperativo. Hay un mandato representativo que en realidad parece un mandato imperativo.

Entre estas dos aguas, entre el mandato representativo y el mandato imperativo, aparece la participación ciudadana, que es un poco de lo uno y de lo otro y, de alguna manera, paradójicamente cuestiona la representación política formal. Y vivimos tiempos declarados de “participación”, etiqueta de todo gobierno moderno, con la que formalmente se quiere fortalecer la democracia y hacer que la ciudadanía forme parte en la toma de decisiones. Pero esta participación no se debe hacer de cualquier manera, sino a través del empoderamiento de la gente, de contar con información, con conocimiento y con elementos para un espíritu crítico, con habilidades como la escucha activa y la empatía. O sea, que para participar se requiere de cultura de participación. De hecho, contamos con guías de cómo participar y de lo que es y no es participación.

Pero la realidad es que, en muchos casos, la participación hoy por hoy se limita a procesos entre un número muy limitado de personas, “siempre las mismas”, en las que se recogen y tratan las aportaciones, que son muy sectoriales cuando no miopes, conforme a los criterios del equipo técnico responsable del proceso. Muchas veces, los procesos participativos, ni son plenos, ni se encuentran consensuados, ni técnicamente son fáciles de manejar, ni son acompañados por una cultura de participación. La participación no es muy participativa. 

El sistema de representación tiene contradicciones. La participación tiene contradicciones. La tecnología puede alimentar estas contradicciones.

Ahora, además contamos con tecnologías 2.0, de ida y de vuelta, que posibilitan que la información y, en su caso, los votos, fluyan en tiempo real, sin limitaciones geográficas, de abajo arriba. Participación 2.0. Pero contar con tecnología para participar, no significa que sea una herramienta para progresar como sociedad democrática. Necesitamos ser personas informadas, críticas, con visión compartida, con empatía. Necesitamos cultura de participación. Y hoy por hoy, tenemos mucho que aprender para participar de verdad. En la era digital somos, además, mucho más vulnerables a los sesgos cognitivos que empequeñecen nuestras mentes.

Tecnología para participar es una cosa, y cultura para hacerlo, es otra.

La participación 2.0 se apoya en una tecnología que es inmediata, sin fronteras, que nos permite votarlo todo y todas horas. El sueño del mandato imperativo. Entonces ¿para qué nos representan? Tendríamos que tener clara la respuesta, pese a las contradicciones del sistema. No debemos olvidar que la esencia de la representación es adoptar decisiones por el bien común, más allá de un recuento de likes. Si olvidamos esta esencia, si puenteamos las responsabilidades de quienes nos representan, si asumimos un sistema de mandato imperativo 2.0, y todo ello sin cultura de participación, el desastre está servido.

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