No hay peor crisis que la del conocimiento.

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En medio de las turbulencias, la principal angustia con la que se va a rellenar nuestro saco de angustias es el descalabro económico y laboral con el continuo goteo de noticias y datos de paro y PIB. Miedo.

Pero si entendemos que el escenario económico realmente importante no es aquel que se dibuja con el PIB, sino con cómo es el reparto de la riqueza para el bien común, la crisis económica no debería medirse en términos de cuánto hay, sino en cómo se reparte lo que hay. Se asimila la mala marcha de un modelo económico concreto (y caduco) a la indefectible mala marcha del conjunto de la humanidad. Con miedo, es complicado no hacerlo.

El miedo es aliado del desconocimiento.

A tenor de las teorías sobre la evolución humana, la ética consecuencialista que determina si una acción es buena o mala según los efectos que esta produce, es la que más ha influido en las culturas humanas, la que más define nuestro ADN social. La solidaridad, el respeto por los demás, son comportamientos que los humanos hicieron suyos gracias a que así, la tribu -y por tanto el individuo- contaba con más opciones de sobrevivir. Conocer las consecuencias de nuestros actos, no en el corto plazo, sino en el medio y largo en un contexto de tribu o sociedad, ayuda a adoptar determinados comportamientos que, en última instancia, son los que definen la escala de valores. Por tanto, educar en valores, en cómo nos comportamos, o en cómo distribuimos lo que tenemos, debería hacerse no exclusivamente en base a un catecismo o mantra que diga lo que es bueno o lo que es malo per se, sino también en base a una racionalidad en términos de consecuencias, experiencia milenaria y supervivencia. De la crisis del conocimiento se desprenden todas las demás, también la de valores.

Hay que educar en valores desde la racionalidad.

No tener conocimiento de la realidad, de la propia y de la de los demás, no tener un conocimiento de la historia o del contexto, no tener un conocimiento humanista y científico, no tener un espíritu crítico que cuestione los hechos y las consecuencias a partir de todo lo anterior, conduce a actitudes autodestructivas. Y eso sí que es una crisis: la del tiro en el pie porque viene el lobo. ¿El lobo de quién?

capa de hielo fino