Memes y conflictos

 In #Reflexiones

Dos de las causas más claras del conflicto son la desigualdad y el desconocimiento y, en ambas, la tecnología está jugando un papel activo. Esta entrada abordará solo la relación entre el desconocimiento y la tecnología, y más concretamente en el diseño de las redes sociales, como arma para generar conflicto. Pero antes de la era digital hubo otra.

En los albores del telégrafo, se pensaba que tal medio de comunicación, por acercar lo que estaba lejos, por propagar velozmente la información, ayudaría a la paz en el mundo. Más tarde, cuando empezaron las primeras emisiones de radio, se pensaba que el mensaje por encima del mensaje, la voz, su infinidad de entonaciones, la mayor humanización de la información, terminaría con los errores de interpretación entre emisores y receptores, acercaría las posturas de quienes estuvieran lejos, en países y continentes diferentes, y ayudaría a la paz en el mundo.

Y lo mismo se decía de Internet, nunca la información había fluido en tanta cantidad y tan descentralizada de una parte a otra del globo, paz en el mundo.

Con el telégrafo, la radio y luego Internet iba a haber menos conflictos.

Sin embargo, ¿es información lo que fluye? Lo cierto es que hoy nos encontramos con una brutal y orquestada desinformación en Internet. Al menos hay 70 países que tienen campañas de desinformación a través de Internet (Oxford Internet Institute, 2019). Y sí, el fenómeno no es nuevo, desde la construcción de los mitos griegos hasta la guerra de Irak pasando por el hundimiento del Maine, la desinformación ha afianzado al poder dominante para construir realidades a la carta. Y, además, siempre nos ha ido lo banal, lo frívolo y lo morboso, “hace un siglo ya existía Facebook y la gente solo leía chorradas” (Sergio Parra, 2019). Y, en cierto modo, fijar la atención en lo no importante también es desinformar.         

Pero hoy Internet y las campañas en redes sociales aportan una diferencia nunca antes dada: su capacidad para la segmentación en función de variables de todo tipo (Enrique Dans, 2019). O sea, el dardo de la desinformación apunta mejor, da a quien quiere dar y se puede influir quirúrgicamente. La manipulación es más eficiente. 

Si admitimos que el marketing nos manipula para que compremos un producto determinado, hay que admitir que el marketing de poder y sus desinformaciones condicionan nuestra manera de pensar, que nos activan o aborregan, que nos condicionan para votar… o para no hacerlo. Ayer fue Cambridge Analytica en EEUU, hoy gabinetes mucho más modestos, muy pero que muy cerca de nosotros, se lanzan sin complejos a la desinformación y manipulación con mensajes segmentados a través de las redes sociales. 

Aquí y ahora la manipulación existe y genera conflicto.

Pero no solo la segmentación explica el éxito de la desinformación a través de las redes sociales, también nuestra propia naturaleza, esa que nos define como seres emocionales que, de vez en cuando, razonamos.

Leemos lo que nos interesa y confirma nuestras creencias, quitamos crédito a lo que no se alinea con lo que pensamos (sesgo de confirmación). Creemos en algo porque las personas que nos rodean lo hacen (efecto arrastre). Sobrevaloramos y recordamos mejor la importancia de la información que tenemos cercana (heurística de la disponibilidad)… La psicología evolutiva ofrece muchas pistas para entender por qué hacemos lo que hacemos, por qué creemos lo que creemos y, en definitiva, por qué nuestras emociones son el combustible necesario para la máquina de la desinformación. Hay muchos estudios que evidencian esto (Gantman, Brady, Van Bavel, 2019) y una frase que deberíamos grabarnos en piedra, nunca mejor dicho: “La combinación entre las emociones de la edad de piedra, las instituciones medievales y la tecnología cuasi divina es muy peligrosa. Por eso tenemos tantos ­problemas” (Edward O. Wilson, 2011).

Los memes y el conflicto se propagan gracias al marketing más moderno y a las emociones más primitivas.

Al final, con estas emociones paleolíticas y tecnología de dioses, lo más probable es que difundamos noticias que nos asombran, que nos cabrean, o que reafirmen nuestro ya-lo-decía-yo, lo de menos será si estas noticias son veraces o meras cortinas de humo para no dejarnos ver lo importante. Y quien reciba esa noticia hará lo propio. Y cada noticia, cada desinformación, cada meme, como un virus diseñado para atacar a unos sí y a otros no, se propagará por donde más daño puede hacer (gran parte de la segmentación la hacemos nosotros mismos al regar con memes campos sembrados y preparados para que florezcan). Los memes se propagan gracias a las emociones más primitivas. Como decía  el diseñador del botón de retuit en Twitter “a lo mejor le dimos un arma cargada a un niño de 4 años”.

Las redes sociales son autopistas de varios carriles que incentivan la propagación de noticias falsas y de opiniones extremas y, así, “en la mayoría de democracias acabamos de empezar el proceso de polarización política” (Niall Ferguson, 2019). O sea, que vienen curvas. 

¿No podríamos diseñar tecnología que conduzca al entendimiento y no al ensañamiento? ¿Una tecnología que no se alimente tanto de las emociones negativas? ¿No hay lugar para la metáfora, para un diseño que trascienda lo visceral e inmediato?  Seguro que podemos, seguro que lo hay, pero mientras llega, y sin ánimo de apostolar, convendría no alimentar el conflicto. Tengamos un pensamiento más crítico y analítico, alimentémonos de diferentes fuentes, seamos más responsables y soberanos con nuestros actos, comprendamos nuestras emociones, comprendamos sus efectos. Y luego, si queremos, reenviamos con un emoticono.

 

*Foto de la entrada: “Close-up Twitter Bird on the Fence” por Brian Kopp / CC BY-NC-ND